Un putazo de realidad que sané con sororidad

Girar la llave en la puerta de mi edificio fue lo último que hice antes de pelear y gritar por mi vida, quizás me salvó el morder la mano de esa persona de quien no vi su rostro, o tratar de pegar con mis codos en su cuerpo, mis gritos de ¡ayuda, me pegaron! o el simple ¡aaaa! sin duda hicieron la diferencia, al menos alertaron a Diego, mi vecino, que salió inmediatamente a indagar de quién eran esos alaridos.

Diego alcanzó a ver desde su ventana a un hombre delgado que corrió con dirección a la Plaza de las Tres Culturas. Yo nunca vi a mi agresor, solo me defendí cuando sentí el golpe en la cabeza y cuando intentaron taparme la boca, al entrar al edificio grité con todas mis fuerzas ¡ayudaaa!. El golpe me dejó mareada y con la cabeza caliente mientras la sangre escurría.

El resultado de la agresión fue un labio hinchado, la mano de mi agresor trataba de taparme la boca y yo respondí con una mordida, que afortunadamente pude dar ya que cuento con grandes dientes y traía un cubrebocas tricapa y no el N95 que desde marzo acostumbró usar como un artículo de primera necesidad, casi tanto como mis lentes.

Al recuento de los daños se le sumó una herida en la cabeza que requirió 3 puntadas, manchas de sangre en una chamarra de mezclilla, el miedo, pero sobre todo el coraje, pues al final del día resulta que para la autoridad, este y otro tipo de agresiones contra nosotras no configuran un delito, lo que genera impunidad y suma a que la violencia contra la mujer siga aumentando

La tercera sección de la unidad Nonoalco-Tlatelolco me parecía un lugar tranquilo, lleno de vegetación, perritos paseando entre los pasillos, con sucesos históricos en su entorno y hasta cierto punto con seguridad, pero eso último parece que a ninguna mujer en México la cobija.

Eran las seis de la mañana del 30 de agosto, venía de una reunión con cinco amigas a unos cuantos metros del edificio donde vivo, solo tenía que cruzar la avenida Manuel González, pasar dos edificios y una parque para llegar al de Tlaxcala. Hay mucha iluminación en el camino que tenía que seguir y desde que llegué a vivir a este sitio he visto que sacan a pasear perros desde las seis de la mañana, así que decidí llegar a descansar a casa pero un golpe con una piedra ensombreció el descanso e hizo que cambiara mi almohada por una ambulancia de la Cruz Roja donde suturaron mi herida.

El sin sentido de la denuncia

Estoy convencida de que la violencia se debe denunciar pues, con todo y las denuncias, luego salen a decir que tienen otras cifras que minimizan la violencia de género y por eso decidí iniciar mi denuncia en el Ministerio Público (MP) virtual, la respuesta fue inmediata y me citaron en la agencia del MP que se encuentra en la calle de Lerdo, pero ahí, antes de declarar me dijeron que no tenían médico legista y tenía que ir a las instalaciones del MP que están en la alcaldía Cuauhtémoc.

Las lesiones que certificaron fueron la del labio y una herida de forma lineal con tres puntos de sutura, la clasificación fue que mis heridas tardaban menos de 15 días en sanar y por ello no procedía levantar la denuncia, es más ni era un delito pues no me tocaron durante la agresión con una connotación sexual y no me robaron.

Lo que las instituciones quizás no han entendido es el miedo que sentimos al ser agredidas, yo sabía que en el juzgado cívico no iba a proceder mi queja pues no identifiqué al agresor y justo me dijeron que si no sabía quién me había agredido como iban a girar un citatorio. En el MP al ser lesiones que tardaban de menos de 15 días en sanar tampoco procedía mi denuncia, al final lo único que buscaba era un poco de seguridad y acceder a las cámaras del C5 pues hacia donde corrió el agresor hay dos; quería ver si lograba identificar su rostro y no solo por mi sino para prevenir agresiones a otras personas.

Nunca pude acceder a ver las cámaras del C5, pese a que pedí la custodia a través del Mecanismo de Protección para Personas Defensoras de Derechos Humanos y Periodistas.

La duda de quién pudo haberme pegado siempre va estar latente, las opciones que se me vienen a la cabeza es un hombre drogado que pensó que era alguien que fácilmente podía robar o alguien que sabía que estaba sola en mi departamento y quería que quedará inconsciente para abusar de mí, lo que más me da terror es pensar en que el golpe me pudo dejar sin razón por minutos o para siempre.

Las redes de apoyo

Unos días antes del golpe me quedé sin empleo fijo, el putazo del desempleo y de la agresión fue una realidad que afronté con la sororidad de un grupo de compañeras que sin conocerme físicamente me preguntaron cómo estaba, qué necesitaba e incluso algunas me apoyaron económicamente para mis gastos en curaciones, una tomografía craneal y pagar pasajes en mi andar en la denuncia.

Para todas aquellas que sanaron mi putazo con un granito de sororidad: gracias, todo mi respeto y solidaridad siempre, fue bonito sentir cercanía aunque sea a través de un grupo de WhatsApp, sus llamadas y mensajes hicieron la diferencia para sentirme fuerte. Ellas están transformando la manera de relacionarnos entre las mujeres que trabajan en los medios de comunicación, sin duda son la verdadera transformación y no una transformación que se queda en un eslogan gubernamental.

Crear lazos de comunidad es primordial, a mi parecer, para enfrentar cualquier hecho adverso cuando mis compañeras fueron empáticas yo agarré fuerza y compartí un mal suceso apostando a una comunidad que aunque no nos vemos nos ayudamos, eso para mí es sororidad, es amor, es respeto y al no tener condiciones ni límites es transformador.

En lo personal he denunciado cada agresión que he sufrido cómo el acoso sexual en el Metro. Sin embargo un tipo de acoso que no denuncié fue el que me hizo el conserje de la primaria donde cursaba pues yo era una niña que estaba paralizada por el miedo. A mis 28 años el miedo sigue pero algo está cambiando, no queremos ni una menos, aunque las estadísticas son horribles y cada día hay 10 feminicidios o más.

Desde el 30 de agosto escucho la canción de “querida muerte” y algo pasa, se me estruja el corazón y me identifico con estas estrofas:

“Ay, Querida Muerte

No, no vengas hoy

Ay, Querida Muerte

No vengas hoy

No todas correremos con la suerte

Estar de suerte ahora es estar viva

Ahora estar de suerte es que tu novio

No resulte violador, abusador o feminicida

Ahora estar de suerte es que a la muerte

No le guste tu cintura y en su troca no te siga

Yo ya no sé qué hacer con esta rabia

Lo mismo mis amigas y pareja

Denuncias y denuncias y denuncias y denuncias

Y nomás no se ve nadie tras las rejas”

Hoy mi apuesta es seguir luchando por la vida, por la mía y por la de las y los demás que padecemos la voracidad del sistema y los estragos de la pandemia. Necesitamos una verdadera transformación de ideas de costumbres pero sobre todo de cómo relacionarnos por eso muchas gracias a ustedes que me leen y a aquellas que me apoyaron.

Periodista. Sigo pensando que los principios no se negocian y que hay que buscar el estado ideal del ser para no ser el ser ideal del Estado